hermandad

Sacramental

Antigua, Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad del Santísimo Sacramento e Inmaculada Concepción de María

Durante el siglo XVI, a raíz de la fiebre eucarística propiciada por Teresa Enríquez de Rivera, la ‘loca del sacramento’, todas las parroquias y conventos carmonenses fundan su propia hermandad dedicada a Jesús sacramentado. De entre ellas, la concretada por la comunidad de san Pedro inicia su andadura, según las reglas contemporáneas, en 1534 estableciendose en una capilla dispuesta sobre los restos de la ermita de la Antigua, pretérito origen del templo. Una precaria estancia que abandona tras la compra en 1567 de otra propia, de mejor traza, en cuyo interior disponen distintos retablos gracias al patronazgo de Sebastián Pérez.

En el siglo XVII la hermandad conoció buenos tiempos tanto en lo cultual como en lo económico. Así, en 1672 llega a concertar con Martín Rodríguez de Góngora, maestro escultor, una custodia de asiento de tres plantas y varias figuras de bulto. Esta coyuntura favorable les permite iniciar el dieciocho con pingües beneficios que se encauzan hacia dos grandes proyectos, a saber, una custodia de plata –realiza en 1711 y reedificada ex novo en 1750– y una suntuosa capilla que se ha de elevar en un lugar permutado por la fábrica parroquial en 1724.

Para entonces, la construcción de un Sagrario en los arrabales era una necesidad latente, según informa el arquitecto Diego Antonio Díaz. Pero el detonte final de su construcción son las catastróficas consecuencias que el terremoto de Lisboa ejerce sobre el transepto del inmueble. De tal modo,  bajo trazas de Pedro de Silva, con la posible participación de Ambrosio de Figueroa y con inspiración en san Luis de los Franceses, en 1663 dan comienzo las obras que, durante más de treinta años, gestarán una de las estancias más simbólicas y suntuosas del barroco religioso hispano que ha llegado a nuestros días. Su bendición tuvo lugar el 25 de mayo de 1797 con la entronización de la Eucaristía tras una solemne procesión en la que participan los munícipes y el clero local.

Para cuando las desamortizaciones concluyen y las hermandades están gravemente truncadas, la sacramental aún gestiona un importante presupuesto. Con todo, en 1853 la situación comienza a hacer estragos y solicita al ayuntamiento un espacio en el nuevo cementerio municipal de santa Ana para sus hermanos. Con la llegada de la reliquia de san Teodomiro a los arrabales tras la exclaustración jesuita, la hermandad se hizo abanderada de la devoción del santo patrón, llegando a disponer su imagen en procesión en 1875 a fin de propiciar la lluvia y pidiendo al consistorio la confección de sus nuevos ropajes en 1889.

A comienzos del siglo XX los enfrentamientos entre el párroco y la hermandad llegaron a tal nivel que el cardenal Almaraz tuvo que frenarlos con el nombramiento de una comisión que redacta un nuevo reglamento aprobado, con beneplácito eclesiástico y real, en 1914. Pero, a pesar de los esfuerzos, el paso de la guerra y la llegada de la autarquía suponen su plena desaparición. Hasta que, en 1958, la hermandad del Rosario y del Dulce Nombre se hace cargo de su reorganización a instancias del presbítero José Barrera.

En las dos últimas décadas la entidad se ha preocupado de devolver el explendor de tiempos pasados tanto en sus cultos como en sus bienes. Tras el incendio del templo se ha visto obligada a restaurar y limpiar la capilla, y ha compuesto su propio museo con sus suntuosos enseres.

CUSTODIA DE ASIENTO

No fue fácil para la sacramental llegar a disponer de una custodia procesional de su pleno gusto para procesionar el Sacramento en la infraoctava del Corpus Christi. El primer intento, de 1672, fue realizado en madera de borne por Martín Rodríguez de Góngora, contando con tres cuerpos de planta ochavada y esculturas de pequeño formato de los evangelistas, ángeles, el sacrificio de Isaac, Melquisedec con la hostia y la Fe. En 1711 la hermandad vuelve a aventurarse a concertar una nueva torre, esta vez más suntuosa, con el platero Francisco Cansino. Pero el trabajo, una vez concluido, no se aproximaba a sus intenciones y la obra fue desmontada y refundida, previa licencia arzobispal, en 1729. El diseño final de la pieza corre a cargo del retablista Tomás González Guisado y su transformación argéntea al obrador de los Luna, padre e hijo, habiéndose concluido en 1750 y rematado con una peana del mismo material nueve años más tarde.

El resultado es una pieza anacrónica en cuanto a su estructura arquitectónica y coetánea en lo decorativo, que nunca llegaría a rematarse. Y es que para su realización los cofrades obligan al maestro retablista a renunciar a los estípites y anamorfismos propios de su quehacer a fin de disponer una reproducción, casi literal, de las formas renacentistas de la custodia que Francisco de Alfaro habia compuesto para la Prioral. Como ella, la de san Pedro consta de  tres cuerpos, los dos primeros cuadrados con prolongación de chaflanes en las esquinas, donde se apean columnas pareadas, y el tercero en forma de templete bramantino. Todo ello recorrido con una cuantiosa decoración vegetal, ésta sí, de aire barroco. Con intención simbólica, en el primer cuerpo se dispone un ostensorio de madera tallada y dorada, en el segundo una alegoría de la Fe y de remate, a modo de veleta, Cristo resucitado. Si bien, del análisis de la pieza se desprende que anduvo preparada para recibir un conjunto más amplio de imágenes de bulto redondo que nunca llegaron a concretarse.

La peana repite en su composición la planta inferior de la torre, pero ahora bajo un sinuoso juego de molduras y voceles, y con una ornamentación que responde con plenitud al aire barroco.

ENSERES

De entre los bienes que procesiona destaca el guión sacramental, obra en plata de la primera mitad del siglo XVIII que, en su plano simbólico, prefigura la mano de san Juan Bautista señalando la presencia del cuerpo de Cristo. Se compone de vástago con decoración geométrica rematado por sendas manzanas agallonadas y cruz. Y banderola recorrida por un baquetón en forma de cordón, crestería y campañinas, incisiones vegetales y tondos con las especias sacramentales cinceladas, a saber, la forma sobre el cáliz junto a las espigas, y el Cordero Místico sobre el Libro de los Siete Sellos al que le corresponde un racimo de vid.

Igualmente interesante resultan dos piezas textiles. El estandarte corporativo, con el motivo central rococó de un ostensorio coronado y rodeado por una aureola de rocallas muy estilizadas. Y el bacalao, que cuenta con un bordado decimonónico de sedas y oro en el que se dispone nuevamente la custodia de mano con la Eucaristía, esta vez sobre una nube jalonada por sendos ángeles.